—¡Alaric! —gritó Atenea, inclinándose sobre él mientras lo depositaban en el sofá.
Mi mandíbula se tensó al escuchar su voz. Quise intervenir, pero me mantuve a un lado, aferrando a Igor mientras los demás trabajaban para reanimarlo.
—Yo lo haré. —Intervino Atenea. Hasta mi nariz llego aquel olor del vino de la fiesta el que tomé por equivocación.
Liana apareció a mi lado en silencio.
—Ese vino tiene un olor extraño, Elena. Algo no está bien.
Quise prestar atención, pero mis pensamientos estab