—Tú… —El rostro de Astrid palideció de miedo al ver al hombre frente a ella atrapar el puñal con la mano desnuda. Su corazón latía violentamente y su agarre se aflojó.
Con un fuerte clang, el puñal ensangrentado cayó al suelo. Ella se agachó rápidamente, tomando la mano del hombre, que seguía sangrando sin cesar.
Lágrimas de arrepentimiento recorrieron su rostro mientras suplicaba ansiosa y compasivamente:
—¡Magnus, lo siento! ¡No quise hacerte daño! ¡De verdad no quise…!
—No quisiste hacerme d