Senna miró a Magnus, el hombre que para ella era como un dios, y sus ojos se enrojecieron por la emoción.
—Magnus, tú…
—Esas acciones te fueron dejadas por tus abuelos. Sé que estás preocupada —dijo Magnus, sosteniéndole suavemente el rostro con sus manos, inclinándose y besándole con delicadeza la frente, sonriendo mientras decía—: He ayudado a que las recuperes porque quiero que seas feliz, no para hacerte llorar.
—Yo… simplemente estoy tan abrumada por la emoción —Senna se rió suavemente, pa