Mundo ficciónIniciar sesiónCon las cejas fruncidas, la mujer indignada encaraba a su prometido.
—Nunca me había sentido tan humillada —desahogó Beatrice, ultrajada. —Te olvidas de mí y te la pasas correteando a tu exmujer como un perrito. Kevin respiró hondo; tenía una respuesta en la punta de la lengua para rebatir esa provocación, pero de repente, se encaminó hacia la salida. —El que calla, otorga. —Beatrice lo siguió como si quisiera asegurarse de que él realmente todavía amaba a Justine. —¿Ya vas a volver corriendo con la mujer que te engañó? Al llegar al primer piso, Kevin se adentró en uno de los amplios pasillos que conducía a la oficina. —Déjame solo —habló antes de girar la manija. —Prefieres esconderte en la oficina en vez de dar una explicación... Él negó, fastidiado. Después de todo, aún estaba cargado de rabia y desconfianza. En vista de los últimos acontecimientos, era mejor quedarse callado que decir cosas que la hirieran. Él retomó su camino por los pasillos con paredes revestidas en papel arabesco. —¿Así es como me vas a tratar? —Ella le sujetó el músculo del brazo, sintiendo la tela del blazer hecho a medida. —Detesto cuando me revuelven mis cosas —siseó Kevin entre dientes. —No intentes desviar el tema. Eres tú el que vive en el pasado y ahora estás detrás de tu ex. —Al elevar la voz, Beatrice lo hizo callar. No obstante, ella se arrepintió por su hostilidad y añadió: —Es que... eres atractivo, billonario y Justine está usando al hijo para obtener ventajas. No quiero verte decepcionado otra vez. —Ella se mordió el labio. Nadie conocía a aquel hombre mejor que la mujer que convivió con Kevin desde la infancia. Él siempre tuvo ojos para otras mujeres, pero nunca le dio una oportunidad. Aunque era bonita, educada e inteligente, Beatrice solo consiguió ganar su atención en los días en que lo consoló después de la separación. —¡Ni yo! —alegó Kevin, dándole una mirada hostil. Tocando los hombros de su prometida con delicadeza, terminó sonriendo. —No vamos a volver a tocar este tema. ¿Estamos? Vacilando por un momento, ella bajó la mirada hacia el robusto pecho que se extendía por entre los hombros, marcando la camisa de lino blanca, y por fin, asintió con la cabeza. De repente, él hizo un gesto a alguien que estaba parado a cierta distancia. —Disculpen la interrupción, solo vine a avisar que su mamá está al teléfono. —¡Ay, olvidé mi celular en el bolso que dejé en la alcoba! —Beatrice se llevó la mano a la frente al recordar. —Dígale que ya le devuelvo la llamada. —Sí, señorita Le Blanc. Con permiso. Cuando la empleada se retiró, Beatrice le tocó el rostro al prometido. —¡Prométeme que no vas a esconder más fotos de esa mujer en nuestra casa! —Le acarició la mandíbula cuadrada con las puntas de los dedos. Dándole una mirada que mezclaba complacencia y reprimenda por haberse lastimado, él suspiró antes de abrazarla. —Esa era la última fotografía y ya está en la basura. Ahora ve a hablar con tu mamá y dile que estaremos pronto en Miami. Tras un beso casto, ambos siguieron en direcciones opuestas. Apenas entró a la oficina, él se sentó en la silla detrás de su escritorio para manejar su laptop, donde accedió a las grabaciones de las cámaras de su alcoba. Beatrice no tenía conocimiento de las cámaras escondidas. Él había tomado la decisión de aumentar la seguridad de su alcoba desde que descubrió que su exmujer era la espía de Andrew. Mientras accedía a las grabaciones de la hora exacta en que Beatrice explotó, sus ojos se entrecerraron y se pusieron rígidos al ver que ella fue hasta el clóset y, luego, regresó con un bolso. Con un clic, Kevin pausó el video y lo amplió hasta poder ver lo que ella sacó del bolso. Sus ojos perspicaces evaluaron los detalles; sus puños se cerraron sobre el escritorio. —¿Qué? —se inquirió al reconocer la cartera gastada que la exmujer usaba en el hospital. «Me robaron». La voz serena de Justine resonó en sus pensamientos. Kevin adelantó unos segundos y llegó al momento en que ella sacó la billetera con los documentos. «Tengo que ir a mi casa a buscar los documentos de Bryan»; nuevamente la voz intrusa de Justine reverberó en sus pensamientos. En el instante en que vio a su prometida sujetando el documento y digitando la contraseña en la caja fuerte, él golpeó el escritorio. Él se puso de pie, cerró los puños a los lados del cuerpo, echó los hombros hacia atrás y miró seriamente la pantalla del computador cuando la puerta de la caja fuerte se abrió y ella retiró el portarretratos. La mano cerrada se posicionó a la altura del rostro al recordar la marca roja en el cuello de su exmujer. La sensación que tenía era de que la oficina lo estaba asfixiando. En su cabeza, Kevin se estaba volviendo cada vez más grande, expandiéndose de odio. —¿Está segura de que desea volver a Francia? —La directora del hospital indagó. —¡Sí! En la ciudad de Lyon, tengo gente que me puede ayudar a cuidar de Bryan... —Justine mintió y, enseguida, sujetó el esfero entre los dedos y firmó los papeles del traslado. —¿El señor Harrison ya lo sabe? —Esta vez, la directora le preguntó al asistente del CEO. —¡Por supuesto! —afirmó Alessandro, resuelto. —Ahora que el niño se recuperó, mi jefe cree que es mejor que el niño se quede con la mamá, ya que la próxim —La semana que viene él se va a casar en Miami —respondió el asistente, mirando fijamente a Justine, quien, tragando en seco, se forzó a estar de acuerdo y devolver la mirada de Alessandro con calma. —El nombre del señor Harrison no consta en el registro civil de nacimiento de Bryan —comentó la directora del hospital al tomar el portapapeles con los documentos de la mano de Justine. —Ah, sí, es que hace poco se hizo el examen de paternidad y descubrió que era el papá de Bryan. —¡Entiendo! —respondió la directora. —En caso de que necesite algo más, estaré a su disposición —dijo, mirando a ambos. —Gracias. —Alessandro sonrió con moderación. Imperturbable, el asistente acompañó a la directora hasta la puerta y allí contestó la llamada de Beatrice. —¿Desea algo, señorita Le Blanc? —Él hizo una pausa y sujetó el nudo de la corbata mientras escuchaba a la prometida del jefe. —¡De acuerdo! —Tocó la pantalla para colgar. Lentamente, él regresó en dirección a Justine y, mirando al niño que veía televisión, se quedó pensativo. No estaba feliz por tener que alejar al hijo del padre, pero Beatrice no le dio otra alternativa. Si no cumplía la orden, su disfraz estaría comprometido. —¡Es hora! —habló Alessandro, impasible. —Arregle sus cosas y lleve solo lo necesario.






