La paz tiene un sonido muy particular. No es el silencio, como la gente cree. En el piso 49 de la Torre Cavendish, la paz sonaba al zumbido bajo de los servidores funcionando a plena capacidad, al repique suave de los teléfonos de los analistas y al roce de las suelas de cuero sobre la moqueta de alta densidad.
Era el sonido de la eficiencia. El sonido de un imperio que había dejado de sangrar y había empezado a cicatrizar.
Joe Kensington estaba de pie frente al ventanal de su oficina, mirando