Tenía que admitirlo: todo lo que Yolanda había dicho era un retrato exacto de su situación, encajaba con la realidad de Eduardo. Sus inseguridades, sus fracasos… ella lo había descifrado, había dado justo en el clavo.
Al ver la cara de asco que puso, como si hubiera probado algo amargo, supo que su afirmación había sido correcta. Tenía buen ojo para la gente.
—¿Qué? ¿Te dolió lo que dije? ¿Ya se te acabó el teatrito?
Sonrió con una coquetería desafiante. El contraste con su ropa desgarrada creab