Tal como habían pensado sus padres, Eduardo fue directo a buscar a Yolanda.
Como estaban en su propia casa, había relajado un poco la vigilancia, aunque le había puesto una tobillera de metal. Todo el cuarto era su único espacio para moverse. Para las comidas, una empleada le dejaba la comida en la puerta.
Le había dado instrucciones muy claras: solo tenía que dejar la comida y ya. Nada más. Sin hacer preguntas.
La mujer era una persona discreta y, como Eduardo le pagaba muy bien, se limitaba a