A pesar de todo el tiempo que había pasado, seguía sin poder controlar el miedo que le tenía a Eduardo. Pero bastaba con que él no viniera un día para que ella pudiera relajarse. Estaba bien. Muy bien.
Yolanda no dejaba de murmurar para sí misma. Miró el plato de comida sobre la mesa y caminó hacia él. Con el movimiento, la cadena que aprisionaba su tobillo resonó.
—Clanc, clanc.
Ella apretó los puños. Aquellas cadenas eran la prueba de su humillación. La trataban como a un animal, encerrada en