Con solo escuchar su nombre fue suficiente para que todo el resentimiento y la amargura de Valeria se desvanecieran. Se dio la vuelta y, al encontrarse con la mirada de su madre, con los ojos anegados en lágrimas, sintió que los suyos también se humedecían sin poderlo evitar.
—Mamá…
—Ay, mi hija. ¿Qué haces ahí parada? Ven con mamá.
Lorena le indicó con un suave gesto que se acercara, instándola a no quedarse más tiempo ahí parada.
—Me ves y ni siquiera vienes a saludar. ¿Qué?, ¿ya no reconoces