Con una sonrisa extraña, Eduardo bajó los escalones hacia el sótano, uno por uno.
La mujer que se encontraba abajo, hasta ese momento en un estado de aturdimiento, pareció despertar de golpe en cuanto lo vio.
Las cadenas que la sujetaban tintinearon con un sonido metálico y seco.
Tenía la boca amordazada con un trozo de tela, lo que le impedía hablar. Solo sus ojos se movían, llenos de lágrimas y desesperación.
Su cuerpo estaba cubierto apenas por un par de jirones de tela, que no alcanzaban a o