Sofía Vargas se quitó el cinturón y abrió la puerta del carro.
Una oleada de calor, cargada con el bullicio ensordecedor de la ciudad, irrumpió de golpe en la quietud del interior, creando un contraste inmediato.
Entrecerró los ojos un instante, adaptándose a la luz intensa, antes de poner un pie fuera.
El tacón de aguja golpeó el pavimento con un chasquido nítido.
Una vez de pie, volteó hacia Alejandro Ruiz. Una brisa suave le agitó la larga cabellera oscura, descubriendo la línea esbelta y pál