No quería seguir ahí ni un segundo más. Sofía temía que la estupidez de ese par de tontos fuera contagiosa.
Hablar con ellos era una absoluta pérdida de tiempo.
Sentía que, de seguir allí, corría el riesgo de perder algunas neuronas.
Cuando se fue, Daniel y Laura se quedaron mirándose sin saber qué decir.
Daniel ya iba a acelerar para irse, pero Laura le puso una mano sobre la suya, que descansaba en el volante.
—¿Ya te diste cuenta? Ha pasado tanto tiempo y sigue igual de arrogante. Quién sabe