Condujo sin detenerse, directo a la farmacia más cercana.
Compró todos los antiinflamatorios y antisépticos que encontró, hasta que atestó la cajuela del carro.
Cuando llegó a casa de Marcela, Sofía estaba cabizbaja sentada en el sofá, con un vaso de agua helada entre las manos y una expresión apagada.
Alejandro se acercó a ella a paso veloz y, al verle la mejilla enrojecida e hinchada, sintió una punzada de angustia.
—¿Qué pasó? ¿Quién te hizo esto? ¿Te duele mucho?
Su tono era de una suavidad