A Alejandro le había agarrado un gusto particular por su cama. Y cada vez que se acostaba, insistía en estrecharla con fuerza entre sus brazos.
Al principio, a Sofía le costó un poco acostumbrarse, pero con el tiempo lo aceptó como algo normal. Además, el clima comenzaba a enfriar, así que tener una fuente de calor natural a su lado no era algo de lo que pudiera quejarse.
Cuando vio que ella se preparaba para ir a trabajar, se ofreció a llevarla, pero ella se negó en seco. No le quedó más remedi