La oficina quedó en un silencio sepulcral; todos contemplaban la escena boquiabiertos, como si el mundo se hubiera detenido.
Javier Ortiz yacía en el suelo como un perro, sujetándose la cintura mientras gemía de dolor, incapaz de incorporarse.
Sofía Vargas se sacudió las manos con satisfacción y lo miró desde arriba, una sonrisa implacable dibujada en sus labios.
—Javier, ¿de verdad creíste que iba a seguir aguantando tus abusos? Te lo advierto de una vez por todas, ¡conmigo no te vuelvas a mete