—No te preocupes, no tienes que explicarme nada.
Sofía vio a los dos parados juntos: él, alto y fornido; ella, pequeña y adorable. Curiosamente, se veían tan bien juntos. En ese instante, sintió como si un pedazo de su corazón se desprendiera. No sabía qué sentir.
Jimena se acercó, y al mirar la cara de Sofía, un destello de celos cruzó por sus ojos. Inmediatamente habló:
—Vaya, cuñada, ya regresaste. No te preocupes, Alex y yo no somos nada en especial. Nos conocemos desde que éramos niños. Me