Priya
Pero yo tenía trece años y una convicción que me ardía en el pecho. Le grité que la dejara, que era un cobarde, que si quería golpear a alguien me golpeara a mí. Y lo hizo. No recuerdo el primer impacto en mi cuerpo; recuerdo la sorpresa, a incredulidad. Me sostuvo del brazo con una fuerza que me dejó marcas durante días y me empujó contra la pared. Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones y cómo algo dentro de mí, algo más profundo que el orgullo, comenzaba a endurecerse.
Después vinie