El taxi olía a cuero gastado y a gasolina antigua. Apenas cerramos la puerta, Devon volvió a besarme como si hubiera estado conteniéndose durante demasiado tiempo. Su mano se deslizó por mi cintura con seguridad, atrayéndome hacia él. Yo me acomodé sobre su regazo sin pensarlo, mis dedos perdiéndose en su cabello, mi boca encontrando la suya con una urgencia que ya no tenía paciencia.
Las luces de la ciudad pasaban como destellos intermitentes sobre su rostro. Cada vez que el auto frenaba en un