Al cerrar la puerta del auto, me ajusté el cinturón de seguridad. Con cada segundo que pasaba, el aire parecía más difícil de respirar. Me sentí asfixiada. Mis manos temblaban mientras intentaba introducir la llave. Cuando al fin lo logré, sujeté el volante con ambas manos y cogí una bocanada de aire.
Xavier me había engañado todo el tiempo. Nunca tuvo intenciones de ayudarme a recuperar lo que me pertenecía, eso ya lo sabía. Pero descubrir que él siempre había sido el albacea de mis bienes fue