Tomás necesitó veinticuatro horas para encontrar el valor de llamar, y aun así Clara oyó el miedo antes que la voz.
No a la mansión. Al teléfono de Clara directamente, que era la diferencia entre una llamada hecha con testigos presentes y una que alguien había decidido hacer solo, sin que Regina estuviera en la misma habitación sabiendo qué se decía y con quién.
—¿Tienes un momento? —preguntó.
—Sí.
—¿Puedo ir a verte?
Clara pensó un segundo. No por duda, sino para decidir dónde quería tener esa