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Capítulo 5: No saldré como Isabela

La nota de Isabela cambió el aire de la habitación azul.

Clara la releyó tres veces con el teléfono en la mano, no por el texto, que ya lo había memorizado, sino porque necesitaba decidir qué iba a hacer con él antes de que la mañana avanzara más. La fotografía estaba guardada. La copia estaba en su correo. Pero el papel original era otro problema: entregárselo a Leonardo significaba perder la única prueba física que tenía; esconderlo significaba seguir siendo la única que sabía que Isabela había preparado todo esto.

Lo guardó en el forro interior de su cartera.

Luego se miró en el espejo.

La ropa era suya. El cabello, suelto. Los zapatos, planos, los que había traído en la maleta pequeña sin que nadie le dijera qué llevar. No había velo. No había tacones de dos centímetros extra. No había tela pesada que olía al perfume de otra persona.

Esa mañana, Clara Rivas iba a bajar las escaleras siendo Clara Rivas.

La prensa estaba afuera. La escuchó antes de abrir la puerta de su habitación: el murmullo bajo y persistente de personas esperando con cámaras y preguntas, el sonido de la maquinaria de la imagen pública puesta en marcha antes del desayuno.

Leonardo la esperaba en el pie de la escalera.

La miró de arriba abajo con la misma atención precisa del altar, pero esta vez el resultado fue diferente. No buscaba a Isabela en sus rasgos. La estaba viendo a ella, y lo que veía no encajaba con lo que había preparado.

—Teníamos un acuerdo de imagen —dijo.

—Teníamos un contrato que ninguno de los dos firmó libremente —respondió Clara, bajando el último escalón—. Eso es distinto.

—La prensa necesita ver a una pareja.

—La prensa va a ver lo que sea que yo decida mostrarles. Y hoy voy a mostrarles que soy una persona real, no un disfraz con apellido Moretti.

Leonardo apretó la mandíbula.

—Si las fotos de hoy salen mal, Emilio va a intervenir de formas que no te van a gustar.

—Emilio ya intervino. Por eso estoy aquí.

Fue un golpe pequeño y directo. Leonardo no respondió de inmediato. Clara tomó ese silencio como lo que era: no derrota, sino cálculo. Él estaba evaluando cuánto de lo que ella decía era resistencia y cuánto era estrategia. Bien. Que lo evaluara.

—¿Qué necesitas para que esto funcione? —preguntó él al fin.

La pregunta la tomó parcialmente por sorpresa. No esperaba que preguntara. Esperaba que ordenara.

—Necesito que cuando estemos frente a las cámaras no actúes como si me estuvieras haciendo un favor —dijo—. Necesito que si me hacen una pregunta me dejes responder. Y necesito que esta tarde, cuando volvamos adentro, tengamos una conversación real sobre lo que encontré esta noche.

—¿Qué encontraste?

—Una nota de mi hermana. Y no te la voy a entregar aquí, en el pasillo, antes de salir a enfrentar veinte cámaras.

Leonardo estudió su rostro un momento.

—De acuerdo.

La palabra fue simple. Sin condición añadida. Clara entendió que era una concesión mínima, y también que era la primera que él hacía.

Salieron juntos.

La prensa se abalanzó hacia la verja de hierro con el ruido específico de quienes llevan horas esperando un error. Los flashes empezaron antes de que Clara terminara de bajar el último escalón del porche. Leonardo se puso a su lado, no delante. Eso también fue nuevo.

—¿Cómo está la señora Moretti?

—¿Dónde está Isabela Rivas?

—¿Es cierto que el matrimonio fue forzado por las deudas de la familia Rivas?

Clara miró al primer periodista que había hablado.

—Estoy bien —dijo, con una voz que no pedía permiso—. Y me llamo Clara Rivas.

No dijo señora Moretti. No lo dijo en ese momento ni lo haría en las semanas siguientes si podía evitarlo. Leonardo no la corrigió. Eso también era una forma de respuesta.

Estaban adentro de nuevo veinte minutos después, con la puerta cerrada y el ruido de la prensa al otro lado del muro. Clara fue al salón. Leonardo la siguió.

—La nota —dijo él.

Clara sacó la cartera. Sacó el papel doblado.

Se lo mostró sin entregárselo.

Leonardo leyó desde donde estaba, de pie, con los brazos cruzados y la expresión de alguien que recibe un golpe que no esperaba y no quiere que se note.

—Sabía que ibas a venir.

—Eso parece.

—¿Cuándo la encontraste?

—Esta mañana. Bajo la almohada.

El silencio fue más largo esta vez.

—Eso significa que alguien entró a tu habitación —dijo Leonardo.

—O que la dejó antes de que yo llegara.

Antes de que pudiera seguir, el teléfono de la mesa del salón sonó. Emilio, desde el despacho. Leonardo lo tomó. Escuchó veinte segundos. Su expresión se oscureció de una manera que Clara no había visto todavía: no era furia controlada. Era la furia de alguien que acaba de enterarse de algo que no esperaba.

Colgó.

—Alguien filtró la cláusula patrimonial a la prensa —dijo.

Clara sintió el frío subirle por la espalda.

—¿Qué cláusula?

—La que tiene tu nombre. —Leonardo la miró—. La que estaba en el contrato antes de que Isabela desapareciera.

El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores.

Porque en ese silencio, Clara entendió que la pregunta ya no era solo dónde estaba su hermana.

La pregunta era quién había puesto su nombre en ese papel meses antes de que todo esto ocurriera.

Leonardo no apartó la mirada de Clara cuando dijo aquello. Ella lo notó y no supo si odiarlo más o menos por no fingir que el dato no era grave. La cláusula con su nombre no solo explicaba la boda; explicaba la facilidad con que todos habían actuado, la rapidez con que el vestido pasó de una hermana a otra, la falta de sorpresa en ciertos rostros. Clara sintió que el suelo volvía a moverse bajo sus pies, pero esta vez no se permitió tambalear. Si su nombre había estado escrito antes, entonces su vida había sido negociada antes de que ella supiera siquiera que existía una mesa. Y esa verdad, más que quebrarla, empezó a encenderle una furia fría.

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