La caja siguió cerrada.
No porque nadie la mencionara, sino porque había algo en el acuerdo tácito de los días siguientes que convertía ese objeto en la única frontera que ninguno de los dos cruzaba. La habitación azul estaba más ordenada, más de Clara. La caja esperaba detrás de la fila de sus libros como una pregunta con fecha pendiente.
Era sábado. La mansión tenía una quietud diferente los sábados: sin reuniones, sin agenda pública, sin el ritmo tenso que Emilio imponía a los días laborable