Regina Rivas llegó a la mansión un jueves por la mañana, sin avisar con suficiente antelación para que nadie pudiera prepararse.
Era su forma de entrar a los lugares: justo antes de que alguien pudiera acomodarse, con la elegancia de quien sabe que su presencia ya es una declaración de intenciones. Llevaba un traje gris perla y el cabello perfectamente recogido, y cuando Elena la recibió en el vestíbulo con la compostura de quien ha aprendido que en las casas poderosas siempre llegan visitas si