El mareo fue breve, pero suficiente.
Clara llevaba desde las seis de la mañana frente al escritorio de la habitación azul, revisando los documentos que había logrado reunir desde la boda: la fotocopia de la nota de Isabela, las capturas del mensaje anónimo, la impresión de los accesos al anexo, el papel doblado con el número 307. Los tenía organizados por fecha y fuente, en una carpeta de cartulina azul que había comprado ella misma en la papelería que le pedía a Elena cada tanto, con la discre