Isabela sabía moverse en las zonas sociales de la mansión.
No como dueña. No con esa seguridad profunda de quien ha vivido allí y conoce el ruido de cada puerta durante la noche. Su familiaridad era otra: la de una prometida que había sido recibida muchas veces en cenas, reuniones de fundación, almuerzos familiares y tardes de compromiso vigilado. Sabía dónde estaba el comedor principal, qué salón usaban los Moretti para recibir visitas importantes, en qué esquina del vestíbulo solía esperar Leo