La atmósfera del desayuno en la Hacienda aquella mañana se sentía como una grabación repetida del día anterior, pero en una frecuencia distinta. La larga mesa seguía siendo lujosa, pero el silencio que la envolvía se percibía más denso. La luz del sol que entraba por el gran ventanal no lograba derretir el ambiente gélido entre las dos personas sentadas frente a frente.
Diego ya estaba allí. Vestía una camisa de lino negro, holgada; una elección obvia para no presionar los puntos de su espalda.