Al salir Xavier de la limpia y blanca habitación, el olor del hospital impregnaba su elegante traje. Lucía una extraña sonrisa con las comisuras de los labios levantadas. Las intensas luces del hospital proyectaban sombras nítidas sobre sus rasgos cincelados. «Al menos está despierta», pensó, disfrutando de la fuerza de Cathleen. Hacía tiempo que su mundo se había vuelto monótono y aburrido por su gran poder sobre él. «Nadie se atreve a plantarme cara... excepto esa prostituta que tengo como es