Mientras el médico entraba a toda prisa en la habitación y comenzaba a atender al anciano, Xavier bajó las escaleras con su impecable camisa negra doblada sobre el brazo. Se acercó a su hermano, erguido e imponente frente a él. Su voz era baja y amenazante al hablar, y sus ojos ardían de ira. «Más te vale que esto no sea grave. Si algo le pasa a nuestro padre por tu culpa, te prometo que no querrás afrontar las consecuencias». La tensión en el aire era densa y palpable; cada palabra, una agudez