Al entrar Xavier en la habitación de Cathleen, una serenidad que parecía emanar de la figura dormida en la cama lo invadió. Ella yacía allí, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo constante, completamente ajena a su presencia. Él acercó una silla a su lado y se acomodó, observándola atentamente. Un tenue rayo de luna se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras sobre su rostro sereno. No pudo evitar sonreír al verla fruncir el ceño y dejar escapar un suspiro de satisfacción en