Alessandro
El beso no llegó.
El sonido de una copa rompiéndose en el interior de la galería rompió el hechizo. El momento se hizo añicos. Me aparté de ella bruscamente, como si su piel me hubiera quemado. Un torbellino de emociones contradictorias se agitaba en mi interior: ira, confusión, y un deseo tan agudo que era un dolor físico.
—Nos vamos —dije, mi voz era un gruñido áspero.
No esperé su respuesta. La agarré del brazo y la saqué del balcón, atravesando la multitud sin una palabra de despedida para nadie.
Podía sentir los temblores que recorrían su cuerpo, o quizás eran los míos. En el coche, el silencio era un animal vivo, agazapado en la oscuridad entre nosotros.
Ella se sentó lo más lejos posible de mí, con la cara vuelta hacia la ventanilla, observando cómo las gotas de lluvia trazaban caminos sinuosos en el cristal. No podía ver su expresión, pero podía sentir su conmoción irradiando de ella.
Yo no estaba en mejores condiciones. Mi mente, normalmente un mecanismo de relojer