Ariadna permanecía en silencio, contemplando el cuerpo de Franco . El hombre que había sido su refugio, su escudo contra el mundo. Su esposo, su compañero, su todo.
—¿Y ahora qué haré… sola? —susurró con voz quebrada, pero Franco no respondió.
No podía responder.
La noticia de su muerte se propagó rápidamente, y mientras en la habitación reinaba el duelo, en Pereyra, la oscuridad celebraba. Aquella noche, en la casa de Genoveva, se preparaban para un brindis. Habían logrado quitar del camino a