Daniel se quedó mirando el teléfono fijo. ¡Vaya bruja!, pensó con rabia contenida. Ni un "gracias", ni un "hasta luego". Nada. La mujer era una muralla. Dejó el tubo con brusquedad y, resignado, se apresuró a enviar por correo electrónico la propuesta de compra y los documentos de la sociedad. Diez minutos más tarde, Ariadna tenía todo en sus manos.
Sentada en su despacho, con una taza de café humeante a su lado, leyó la propuesta. Sus labios se torcieron en una mueca irónica.
—¿De verdad creen