El día siguiente amaneció con un cielo denso, cargado de nubes grises. Genoveva peinaba y maquillaba a su hija frente al espejo del tocador, con movimientos precisos y una sonrisa satisfecha.
—Deberías sonreír un poco, Natalia —comentó mientras alisaba un mechón rebelde del cabello de la joven.
Natalia no respondió. La imagen que la devolvía el espejo no era la de una novia feliz. Sus ojos verdes, opacos, no tenían brillo. Su boca apenas era una línea tensa.
—Voy al baño —dijo, en voz baja.
—Co