ISABELLA
La puerta de mi habitación se abrió de par en par, interrumpiendo el silencio del hospital.
Valeria entró como un verdadero torbellino, con unos lentes de sol enormes en la cabeza y una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Detrás de ella venía Matilde, con los ojos rojos de tanto llorar de felicidad y al final, caminando a paso lento pero firme con su bastón, entró la abuela Eleonora.
—¡Ya llegamos! —anunció Valeria, corriendo hacia mi cama para darme un abrazo con muchísimo cuidado