DAMIÁN
Estaba a punto de hacerlo, estaba a punto de besarla delante de la mitad de la ciudad y condenarme para siempre, su aliento cálido golpeaba mis labios, una invitación dulce y venenosa que mi cuerpo gritaba por aceptar, pero entonces el fantasma de la culpa me golpeó en el pecho con la fuerza de un mazo.
«Elena».
El nombre resonó en mi cabeza, un grito de advertencia y me separé de golpe, como si me hubiera quemado, el aire frío se coló entre nosotros, rompiendo la burbuja de intimidad. V