La zona de los muelles de la ciudad era un laberinto de contenedores oxidados y grúas que se alzaban contra el cielo nocturno como esqueletos de gigantes, el aire estaba saturado de salitre y combustible diesel, en el almacén número 4, la luz parpadeante de unos tubos fluorescentes iluminaba una escena cargada de una violencia contenida.
Sebastián Cavalli bajó del vehículo blindado con la lentitud ensayada de un hombre que no conoce el terreno que pisa, llevaba sus gafas oscuras y su bastón de