El sonido del desfibrilador cargándose sonó como un latigazo de alto voltaje en medio del caos del quirófano.
—¡Despejen! —gritó el Dr. Keller, aplicando las paletas directamente sobre mi pecho desnudo y empapado de sudor frío.
Mi cuerpo se arqueó violentamente sobre la camilla, impulsado por el impacto eléctrico, para luego caer de golpe como una muñeca de trapo. La línea en el monitor cardíaco continuó plana, emitiendo ese pitido agudo y horroroso que anunciaba mi muerte.
Malachi, con los ojo