Estaba vestido con una camisa negra, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro sumido en la penumbra. Cuando sus ojos negros bajaron y se clavaron en la maleta de cuero que yo sostenía en mi mano derecha, una sombra de decepción y amargura total cruzó sus facciones. Una sonrisa torcida, llena de un desprecio absoluto, apareció en sus labios.
—Vaya… —dijo, y su voz compitió con el estruendo de un trueno en el exterior—. Así que la gran Emma decide huir en mitad de la noche cuando las co