ADRIANO
La sala de interrogatorios olía a metal frío y a alcohol barato. Dejé que cerraran la puerta tras nosotros y observé a los dos tipos encorvados en las sillas, las caras aún manchadas por el polvo de la calle, las uñas rotas, la ropa hecha jirones, apenas se mantenían conscientes; sin duda Enzo es muy cruel cuando quiere. No eran nadie importante —en apariencia—, peones que piensan que la violencia los hace grandes. No sabían que conmigo no se jugaba.
Enzo estaba a mi derecha, con la cal