LAYLA FERRI
Entré a mi departamento como una tormenta.
La puerta se estrelló contra la pared, los tacones resonaron en el suelo de mármol y lo primero que hice fue lanzar la cartera sobre el sillón.
—¡Maldito seas, Adriano Blackstone! —gruñí, arrancándome la chaqueta—.
Me temblaban las manos de rabia. Rabia contenida, rabia caliente, de esa que quema más que el fuego. Caminé de un lado a otro, sin poder calmarme. El reflejo del espejo me devolvía la imagen de una mujer despeinada, con los labi