ADRIANO
El camino de regreso fue tranquilo. Dalia miraba por la ventana, sosteniendo su café con ambas manos, y yo me permití mirarla de reojo cada tanto. Había algo en esa serenidad silenciosa que me golpeaba directo al pecho. No era la misma mujer que corría a abrazarme en mi habitación apenas llegaba de la clínica, con un vestido de verano y una sonrisa que iluminaba todo… pero, aun así, ahí estaba, con esa fuerza tranquila que siempre me desarmó.
La imagen de ella, arrodillada frente a la tu