ADRIANO
El barrio era viejo, casi olvidado por la ciudad.
Calles estrechas, bordes desgastados, postes de luz que parecían sostenerse más por costumbre que por firmeza.
Los muros de las casas estaban cuarteados, algunos con manchas oscuras de humedad que se extendían como cicatrices.
Aparqué a media cuadra de la dirección que me habían dado.
El motor del coche se apagó, pero el mío seguía encendido, acelerado.
Sabía que no debía estar ahí.
Sabía que si Dalia se enteraba, me miraría con esos