ADRIANO
El mar Egeo se extendía frente a nosotros como un espejo azul turquesa que se confundía con el cielo. La villa privada que había alquilado para nuestra luna de miel colgaba sobre un acantilado blanco, y la playa desierta era nuestro reino. Nadie más que nosotros, el sonido de las olas y el perfume a sal y sol.
Dalia corría descalza por la orilla, con un vestido ligero que el viento levantaba juguetón. Su risa se mezclaba con el murmullo del mar, y por un instante sentí que todo en mi vi