El tiempo pasó rápido. Santiago creció, y cada día traía nuevas sorpresas. Helena y Máximo documentaban cada momento: la primera sonrisa, la primera palabra, el primer diente.
—Mamá —dijo Santiago un día, señalando a Helena con su dedito regordete.
Helena sintió que el corazón se le derretía.
—¡Dijo mamá! —gritó, emocionada. —Máximo, ¡dijo mamá!
Máximo llegó corriendo desde la oficina que tenía en casa, dejando el teléfono y los papeles volando.
—¿Qué? ¿Dijo mamá? ¡Dilo otra vez, hijo! —dijo, a