Después del discurso, Helena y Máximo se acercaron a Santiago, que estaba hablando con algunos amigos. Ver a su hijo, tan feliz, tan lleno de vida, era una de las mayores alegrías de sus vidas.
—Hijo, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó Máximo, poniendo una mano en el hombro de Santiago.
—Claro, papá —respondió Santiago, separándose de sus amigos.
Se sentaron en una mesa apartada, y Máximo tomó la mano de su hijo.
—Santiago, quiero decirte algo. Algo que quizás ya sabes, pero que necesi