La iglesia era una construcción antigua y hermosa, con paredes de piedra que habían resistido el paso de los siglos y vitrales que proyectaban luces de colores sobre el suelo de mármol. Cada vitral contaba una historia, y Helena recordaba haberlos admirado cuando era niña, cuando su madre la llevaba a misa los domingos. Ahora, esos mismos vitrales iluminaban el día más feliz de su hijo.
Santiago, ahora un hombre de veinticinco años, estaba de pie frente al altar, con el traje negro impecable qu