Helena cerró la puerta de su casa y se apoyó contra ella, sintiendo el peso de los años y la ligereza de una vida bien vivida. Afuera, el sol se ponía sobre el jardín que había plantado con sus propias manos, el mismo jardín donde había visto crecer a su hijo, donde había compartido tantas risas con Máximo, donde había encontrado la paz que siempre había buscado.
Treinta años habían pasado desde aquel día en el parque, treinta años desde que decidió darle una segunda oportunidad al hombre que l