El silencio se alargó entre ellos, pesado, denso. Máximo luchaba contra sus demonios, contra la desconfianza que su madre había sembrado en él desde niño.
Finalmente, respiró hondo.
—Está bien —dijo. —Te creo.
Helena sintió que un peso se aliviaba de sus hombros.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero tengo que hacer algo. Tengo que enfrentar a mi madre y a Mónica. No puedo seguir permitiendo que hagan esto.
Helena asintió, y en sus ojos había una mezcla de alivio y advertencia.
—Ten cuidado. No son muj