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—¡Pero viejo! —No era Daniele, sino Nico, el menor de los hermanos—. ¿Todavía puedes andar? —se acercó a su abuelo con el mismo jugueteo de siempre, le pateó el bastón para ver si se caía y Fabrizzio levantó sus manos, mostrándole a su nieto que podía mantenerse en pie, Nico procedió a acercarse a él, levantándolo unos centímetros del suelo mientras el cuerpo huesudo de su abuelo se movía entre sus brazos.

—¡Vaya que estás fuerte!

—Joven, lo que te hace falta a ti, abuelo. Estás un anciano. —Lo dejó en el suelo y luego lo abrazó, la sirvienta tomó el bastón y se lo dio a su jefe—. ¡¿Y qué demonios pasó con el bastón que yo te regalé?

—Creo que fue tu madre la que se deshizo de él. Recuerdo que dijo que no era apto para un anciano decente como yo.

—¿Y qué más da tener un poco de tetas expuestas por todo el bastón? La gente ya no tiene sentido del humor. ¡Y justo mamá! Te advertí que no lo usaras frente a ella.

—Un día llegó de improvisto y me atrapó en el jardín.

—Puedo imaginar su car
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