SERENA
La vida es un juego, y yo siempre gano. Pero esta vez, cariño, el premio no se está dejando atrapar tan fácil.
Cabalgaba junto a Bianca por la finca de mi padre, el sol pegando fuerte en la espalda y el viento jugando con mi cabello. Los cascos de los caballos repicaban contra la tierra seca, y el aire olía a hierba y libertad. Era el lugar perfecto para despejar la cabeza, pero mi mente seguía atrapada en él. Ese chef. Ese maldito hombre que me había clavado una mirada y ahora vivía gratis en mis pensamientos.
—¿Entonces quién es este tipo que te tiene tan obsesionada? —preguntó Bianca, girando la cabeza desde su caballo, su tono bromista y curioso.
Suspiré, dejando que las riendas descansaran flojas en mis manos.
—Es… no sé cómo describirlo —dije, y una sonrisa se me escapó solo de pensarlo—. Fuerte. Alto. Con brazos que podrían partir un árbol por la mitad si quisiera. Y esos ojos verdes… afilados, como si pudieran cortarme con solo mirarme. Pero no lo hacen. Me ignora, Bian